Iñaki Zuazo

Iñaki Zuazo

Profesor y Doctor en Bellas Artes U.P.V.

Arte y Zen

 

1. El camino.

El arte y el zen son dos caminos que conducen al descubrimiento de lo que somos, pero tan próximos entre sí que da la impresión de que es un único camino, como constataba Simone Weil al afirmar que “la relación estética está muy cerca de la relación trascendente, si no son la misma cosa”.

Arte y zen tienen en común no sólo el origen -la motivación inicial- y la meta -el objetivo al que se dirigen- sino también aquello que se moviliza para efectuar el desplazamiento a lo largo del camino.

La tarea del arte, al igual que la tarea del zen y de las demás vías de transformación espiritual, siempre ha sido rebelarse ante lo dado y proponer otra visión del mundo; salir de lo superficial para ir a lo profundo; abandonar lo establecido, que es lo conocido, para avanzar hacia lo desconocido.

Decía Rilke en la 8ª elegía de Duino que “al niño, ya desde el principio, le damos la vuelta y le obligamos a que mire hacia atrás, a las formas, no a lo Abierto”. Pues bien, el arte y el zen tratan de restaurar esa mirada hacia lo abierto, hacia lo esencial, poniendo en cuestión la cultura que nos acoge desde que nacemos, pues parten de la premisa de que esa socialización primera no es inocente. En lugar de conformarse con las ideas heredadas sobre lo que la realidad es, el arte y el zen -intuyendo que la realidad no es todo lo que hay (como dice Agustín García Calvo)- se encaminan hacia aquello que nos falta para tener una visión más completa de la realidad y del propio ser humano.

Si el origen del camino está en nuestra condición de caídos al mundo de las formas y de la materia, el objetivo que persiguen el arte y el zen es sacarnos de ahí, elevarnos, haciendo que nuestra mirada vuelva hacia el origen, hacia lo esencial, hacia lo Abierto.

2. La atención.

Pero el arte y el zen también comparten aquello que moviliza al ser humano y le empuja a realizar el viaje. Ese elemento fundamental del camino, que actúa como ley que preside tanto al arte como al zen, es la atención, es decir, la conciencia, el darse cuenta, que, como dice Simone Weil, es la auténtica base de todo desarrollo estético, cultural o espiritual humano.

3. Evolución del arte en base a la conciencia.

Tanto en los procesos meditativos como en el arte lo que se pone en juego es la atención, la conciencia del ser humano que se aventura en un viaje que es un viaje interior. La diferencia entre ambos está en que, en el arte, aquello que es observado por el artista queda expresado o representado como obra de arte, de tal modo que la evolución del arte depende de la evolución en la conciencia del artista. Así lo constata Ortega al descubrir la existencia de una ley sencilla para explicar la historia de la pintura desde el Renacimiento. “La ley rectora de las grandes variaciones pictóricas es de una simplicidad inquietante. Primero se pintan cosas; luego, sensaciones; por último, ideas. Esto quiere decir que la atención del artista ha comenzado fijándose en la realidad externa; luego, en lo subjetivo; por último, en lo intrasubjetivo”. El artista, por tanto, va profundizando en su conciencia al desplazar su atención desde el ámbito objetivo de la realidad exterior hacia lo propiamente mental o subjetivo, y este desplazamiento queda reflejado en las obras de arte, que pasan de tener una identidad clásica a tener otra identidad vanguardista o moderna.

4. “Grado cero” del arte.

La evolución de las formas en el arte, por tanto, sigue un proceso en el que primero se representa la realidad material visible, haciendo un arte figurativo o realista, para luego abandonar esta mirada hacia la superficie de las cosas y adentrarse en lo abstracto, como modo de expresar mejor lo que el artista siente o piensa. Esta evolución formal, impulsada por el anhelo del artista en alejarse de lo material para buscar lo esencial, sigue una trayectoria de despojamiento expresivo que desemboca en el vacío al que se llega con el arte minimal y conceptual a mediados de los 70. Este vacío representa un límite más allá del cual no era posible avanzar. El arte entonces, el arte de vanguardia, el arte moderno, parecía aniquilado por agotamiento interno.

Creo que a este hecho especialísimo en el ámbito de la cultura occidental, que abrió el debate sobre la muerte del arte, no se le ha dado la trascendencia que tiene, aunque sin duda esté determinando el desarrollo del arte posterior, es decir, del arte contemporáneo. Se ha pasado demasiado rápido por encima de este momento crítico, espoleados quizás por un activismo ciego, sin pararnos a averiguar lo que nos quería decir. Quizás también -como ante toda cuestión que intuimos nos pueda interpelar íntimamente- se ha preferido seguir como si no hubiese ocurrido nada.

Sin embargo creemos que es importante volver a prestar atención a ese “grado cero del arte” que representó el final de las vanguardias porque entonces al artista se le presentaban dos opciones: conformarse con los niveles de conciencia contemplados hasta entonces y encaminarse -con otros modos e intereses- por la senda que recorre el arte contemporáneo o abrir la posibilidad de algo verdaderamente nuevo, avanzando en el proceso de profundización en la conciencia para acceder a su nivel central.

5. Salto al abismo.

El artista, en efecto, puede efectuar otro desplazamiento de la atención. Si hasta ahora ponía la atención en los fenómenos de conciencia, es decir, en el aspecto físico y en el aspecto mental, ahora -al igual que en los ejercicios de meditación- puede dirigir su atención hacia el núcleo de la conciencia, es decir, hacia el Observador de los fenómenos que es el Ser esencial.

Oteiza era consciente de la limitación de la obra de arte para alcanzar el Ser esencial, pues la obra de arte no es más que un símbolo pero no la realidad de ese símbolo. El dedo que apunta a lo Abierto no es lo Abierto. El dedo que señala lo esencial no es lo esencial. Para acceder a ello se debe continuar más allá de toda forma, imagen o concepto. Se debe ir más allá del significante hasta alcanzar lo significado. “El escultor –decía Oteiza- viaja en su estatua hasta donde el viaje de la estatua y del arte concluyen. Luego falta menos y es algo más difícil el camino: pero es preciso proseguirlo a pie. Hoy la tarea, en este trayecto, no es estética sino vital”.

Esta tarea vital, donde confluyen el arte y el zen sin ninguna distinción, consiste en pasar del vacío simbolizado o representado por la obra de arte, al Vacío real que pertenece a todos, es decir, hacer cada vez más consciente lo que antes estaba inconsciente u oculto. Y esta integración cada vez más profunda del yo existencial con el Ser esencial es, como señala Durkheim, un estado de perpetua transformación.

Esto representa un nuevo modo de arte, un arte sin objetos, sin obras de arte, pero arte verdadero, porque ahora el artista hace arte consigo mismo. “Lo que con justicia puede llamarse arte auténtico –dice Enrique Pajón- sólo lo hace el hombre cuando actúa sobre su propio ser, cuando crea valores cuyo sentido se agota en el ámbito de lo humano”.

Este arte superior brinda además la posibilidad de ser asequible a todas las personas. Ahora todos podemos ser artistas. El arte ahora no queda limitado sólo para aquellos que son llamados artistas, pues, como afirmaba Ananda Coomaraswamy, “el artista no es un tipo especial de hombre, sino que todo hombre es un tipo especial de artista”.

6. Morir y renacer: fin del camino.

Pero hay que ser valiente para practicar este arte superior que nos permite acceder al Ser esencial -el objetivo final- pues ello implica saltar al vacío, al abismo que se abre cuando vamos más allá de las formas, palabras e imágenes. Y saltar al abismo, como dicen las tradiciones de sabiduría que se conocen como Philosophia Perennis, significa morir. Pero es una muerte de la que se renace. “El secreto de la vida -dice Eckhart Tolle- es morir antes de que te mueras y descubrir que en realidad la muerte no existe”.

El zen, así como el misticismo cristiano del Maestro Eckhart, el sufismo y otras vías espirituales, siempre han tomado en cuenta la posibilidad de este modo de arte, un arte perfecto por haber alcanzado el objetivo del arte. En esa perfección se reconoce al Ser esencial como origen y, por tanto, artista supremo que va creando a cada instante su gran obra de arte que es el universo, la vida manifestada.

Y cuando se tiene el conocimiento de que lo trascendente es una dimensión incontestable de la existencia humana, y que toda presencia manifestada supone una ausencia esencial, entonces todo en la vida cotidiana se hace arte: fregar, pasear, comer,… incluso pintar y hacer poesía. Porque, como dice Gurdjieff, “con el conocimiento, la confección de zapatos puede ser un arte sagrado, pero sin él, un sacerdote del arte contemporáneo es peor que un zapatero remendón”.

 

Lo importante es llegar a mirar directamente a lo abierto, al Ser esencial que es lo absoluto, y así evitar el error que consiste en la adjudicación de valores absolutos a lo que es relativo. Cuando no se mira directamente a la luz nos quedamos atrapados en los objetos que brillan, es decir, en los objetos que reciben nuestra proyección de lo absoluto, por ejemplo en las obras de arte, que son medios para un fin, pero que no deben confundirse con el fin.

El arte perfecto también cuestiona el mito de la autoría del artista, pues reconoce al Ser como único artista verdadero. Entonces el artista -al que hasta ahora otorgábamos el papel de creador- , pasa a ser un instrumento al servicio del Ser esencial y asume la tarea de afinarse, ser cada vez más permeable a ese Ser que, como verdadero creador, quiere expresarse plenamente.

Llegar al final del camino del arte y del zen significa pues alcanzar una nueva visión del mundo y del ser humano, una visión corregida y plena.

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