No tengo vocación de crítico de arte, pero una extraña fuerza hoy me impele a escribir de aquello que veo y, sobre todo, siento, como lo Real en la obra de Koldo Etxebarria, un moderno pastor del Ser, como diría Heidegger. En las praderas digitales de sus cuadros se notan las huellas del cayado de ese pastoreo pictórico que empuja al espectador al Infinito. Una suerte de báculo transmoderno y transmutado en ordenador: un original pincel informático que configura, no sólo en las retinas, sino en el centro del corazón, la quietud del Ser mas allá de toda estética: el buril que talla en el alma la sed de Absoluto. Bajo una aparente rigidez lineal, fluyen personas sin personaje y sujetos sin predicado, ante la plenitud del Vacío… Porque en el cuadro el pequeño yo se muta en lo invisible y representa la música callada de lo irrepresentable: la ingrávida fluidez de la Gran conciencia. La sonoridad del Gran Silencio. Invito a ver -mejor; a contemplar- la exposición de Koldo en el Colegio de Abogados de Bizkaia.
Si, además, uno tiene la oportunidad de conversar con el artista, detecta al instante (porque de vivir el instante se trata) el hambre de infinito que le habita; una Presencia pregnante que, trascendiendo escuelas y modelos, nos fuerza a ser artistas de la Vida.
En una verdadera obra de arte el artista desaparece, y libre de su ego profano arriba a los peldaños sobrenaturales. Y lo hace de tal forma que incluso en el ajetreo del mercado se siente y presiente esa otra orilla más allá de los dualismos.
En Koldo se proyecta una meditación sin objeto, donde se percibe un universo liberado de lo viejo, ajeno al pensamiento único. Una luz distinta en lo que el Todo se hace transparente, la que puede abrirnos los ojos a un invisible que continuamente acaricia los sentidos.